Si Bach me dice ven, lo dejo todo

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Llegas tierno, inocente, creyendo que tu mente es territorio yermo y sin prejuicios. Pero PUM. Tienes que sujetarle la puerta a los alemanes. Luego será entretenido hacer balance y poner cruces en lo que te equivocabas. Al principio, todo era cultura barata y olor a queso y orégano. Pero aaaaamigo.

Para alguien que estudia traducción e interpretación, no irse de Erasmus va contra natura. Así que yo lo tuve claro desde que empecé la carrera. Lo que no tuve claro fue el destino; solo sabía que quería que estuviera en Reino Unido o Irlanda. Y aquí estoy, en Leipzig (Alemania), entre moles grises y restos de la RDA. La ciudad de Bach, de la revolución pacífica.

Allá por septiembre, después de una semana de estrés y maletas, volé con mi madre hasta Magdeburg. Allí nos esperaba Merkel con un par de Pilsner en cada mano. Pero volviendo a la maleta, he aquí el primer consejo: no seáis tan agonías como yo. Si se os olvida algo lo podréis conseguir allí y si no, siempre te lo pueden mandar por correo.  Y no os llevéis jamón que aunque la comida alemana (a la larga) está mala, te acabas acostumbrando.  Ya veréis lo divertido que es comer en la Mensa (cantina universitaria, un paso más allá de nuestras cafeterías de piripis y sándwich club). Tampoco es necesario que la incertidumbre os agobie. Es verdad que cuando todavía no estás en tu ciudad de destino, no puedes arreglar ciertas cosas y sientes que hay asuntos que se te escapan. Pero serenaos, que al final todo se arregla (o como diría un amigo: tranquiiiiiilo, el karma proveerá).

Alemania, como digo, nos dio la bienvenida con puertas cerradas y panecillos con pipas. Pero aunque esas tres primeras noches tuvimos que dormir en el suelo de la residencia (moraleja: los fines de semana no se trabaja. Los fines de semana empiezan los viernes) yo estaba felicísima porque había músicos callejeros y ofertas culturales por todas partes.

Buenos tiempos

Entonces empieza la Burökratie-Irrsinn (locura burocrática; término acuñado por los mismos alemanes). Del banco al ayuntamiento, del ayuntamiento a la residencia, de la residencia a la universidad, de la universidad al instituto de alemán, del instituto de alemán a comprar la tarjeta del móvil, etc. Afortunadamente, el enemigo común une y haréis algunos amigos mientras esperáis en  alguna de las colas.

Y con días soleados, puestos de flores y alemanes que te sujetaban la puerta, pasaron los primeros días. El lunes por fin pude dormir en una cama y empecé las clases del curso de bienvenida. Era una mezcla de curso de idiomas y de historia. Primeras fiestas, primeras excursiones, primeros amigos. Todo rodeado de un aura de pureza virginal.

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